"Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo."
Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

El poder liberador del perdón según las Escrituras, tanto recibir como dar perdón.

El perdón es uno de los temas más desafiantes y liberadores de las Escrituras. Recibir perdón de Dios nos transforma; extender perdón a otros nos libera. Sin embargo, perdonar puede ser una de las luchas más difíciles que enfrentamos, especialmente cuando las heridas son profundas y las ofensas graves.
La Biblia no minimiza el dolor que causa la ofensa. No presenta el perdón como olvidar lo sucedido o pretender que no importó. El perdón bíblico reconoce plenamente la gravedad del mal y, aun así, elige soltar el derecho a la venganza, confiando en la justicia de Dios.
Jesús enseñó sobre el perdón de maneras que escandalizaron a sus oyentes. Setenta veces siete. Perdonar para ser perdonados. Orar por los enemigos. Estas enseñanzas no son sugerencias suaves; son mandatos que desafían nuestra naturaleza humana.
Estos versículos sobre el perdón pueden iniciar un proceso de sanidad en tu corazón. No prometen que el dolor desaparecerá instantáneamente, pero sí ofrecen un camino hacia la libertad que solo viene cuando soltamos las ataduras del resentimiento.
"Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo."
Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.
"Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial."
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial.
"No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo."
No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo.
"Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones."
Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.
"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad."
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
"El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia."
El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.
"Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro."
Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro.
"Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados."
Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.
"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia."
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
"Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió."
Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.
El perdón es central al mensaje cristiano. Efesios 1:7 declara: "En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia". Todo el plan de salvación gira alrededor del perdón que Dios ofrece a través de Cristo.
La parábola del siervo despiadado (Mateo 18:21-35) ilustra la relación entre el perdón recibido y el perdón dado. Un siervo perdonado de una deuda imposible de pagar se niega a perdonar una deuda pequeña. La implicación es clara: quienes han experimentado el perdón de Dios deben extenderlo a otros.
En la cruz, Jesús modeló el perdón supremo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34). Esteban, el primer mártir, siguió este ejemplo al orar por sus ejecutores. El perdón cristiano no es simplemente una buena idea moral; es la imitación de Cristo.
Perdonar es una decisión, pero frecuentemente es también un proceso. No siempre sentirás ganas de perdonar; a veces tendrás que elegir perdonar repetidamente hasta que la paz llegue. Aquí hay pasos prácticos:
Primero, lleva la ofensa a Dios. Él conoce la profundidad de tu dolor. No finjas estar bien cuando no lo estás. Derrama tu corazón ante Él y pídele la gracia para perdonar. Segundo, reconoce que perdonar no significa que lo que sucedió estuvo bien. Puedes mantener límites saludables mientras sueltas el resentimiento.
Medita en cuánto has sido perdonado. Cuando recordamos nuestros propios pecados contra Dios y el precio que Cristo pagó, las ofensas de otros adquieren perspectiva. Ora por la persona que te ofendió. Jesús mandó orar por los enemigos; esta práctica suaviza el corazón y rompe cadenas de amargura.
La falta de perdón es una prisión. Quien se niega a perdonar permanece encadenado a la persona que le ofendió, reviviendo el dolor una y otra vez. El perdón, paradójicamente, libera más al que perdona que al perdonado.
Esto no significa que el proceso sea fácil. Algunas heridas son tan profundas que el perdón parece imposible humanamente. Y quizás lo es. Pero con Dios todas las cosas son posibles. Él puede darte la gracia de hacer lo que tu naturaleza humana se resiste a hacer.
El perdón también es un testimonio. Cuando el mundo ve cristianos que perdonan ofensas graves, ve algo sobrenatural, algo que apunta más allá de la capacidad humana hacia el poder de Dios. Tu perdón puede ser la demostración más poderosa del evangelio que otros jamás presenciarán.
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