Vida antes de las apariciones
Juan Diego nació hacia 1474 en Cuauhtitlán, un pueblo al norte de la gran Tenochtitlán. Pertenecía al pueblo chichimeca y vivía como macehual, es decir, como un hombre del pueblo llano, dedicado a la agricultura y al tejido de esteras. Se casó con María Lucía, pero el matrimonio no tuvo hijos. Tras la llegada de los misioneros franciscanos, Juan Diego y su esposa fueron de los primeros indígenas en recibir el bautismo, probablemente en 1524. Cada sábado y domingo, Juan Diego caminaba más de veinte kilómetros para asistir a la catequesis y a la misa en Tlatelolco. Esta fidelidad habla de un corazón hambriento de Dios, de una fe joven pero profunda que se sostenía en la práctica constante. La Escritura valora enormemente esta perseverancia discreta, la del justo que camina sin llamar la atención pero sin detenerse jamás.
"Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios."
— Miqueas 6:8
"Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto."
— Proverbios 4:18
"No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca."
— Hebreos 10:25
La prueba de la obediencia
Cuando la Virgen le pidió que fuera ante el obispo Zumárraga, Juan Diego obedeció sin demora, aunque sabía que un indígena pobre tendría pocas posibilidades de ser recibido por la máxima autoridad eclesiástica de la Nueva España. Y así fue: el obispo lo escuchó con cortesía pero le pidió una señal. Juan Diego regresó desanimado y le pidió a la Virgen que enviara a alguien más digno, más respetable, más elocuente. La respuesta de la Virgen fue clara: lo quería a él, precisamente a él. Esta dinámica es profundamente bíblica. Moisés se sintió inadecuado para hablar ante el faraón; Gedeón se consideró el menor de su familia; Jeremías protestó que era demasiado joven. Dios no elige a los capacitados; capacita a los elegidos. La obediencia de Juan Diego, a pesar de su sentido de indignidad, es un modelo para todos los que sentimos que no estamos a la altura de lo que Dios nos pide.
"Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo. Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar."
— Éxodo 4:10-12
"Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre."
— Jueces 6:15
"Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí."
— Isaías 6:8
Vida después de las apariciones
Tras el milagro de la tilma, Juan Diego dedicó el resto de su vida al servicio del santuario del Tepeyac. Vivió en una pequeña habitación junto a la primera ermita, cuidando la imagen y narrando la historia de las apariciones a los peregrinos que comenzaron a llegar en cantidades asombrosas. Se estima que en los años siguientes a 1531, millones de indígenas recibieron el bautismo, en lo que constituye la conversión masiva más rápida de la historia del cristianismo. Juan Diego murió en 1548, a la edad aproximada de 74 años, habiendo vivido diecisiete años como custodio de la imagen y evangelizador silencioso. Su vida posterior a las apariciones fue tan sencilla como la anterior: sin buscar fama, sin reclamar privilegios, simplemente sirviendo. Esta actitud encarna la enseñanza de Jesús sobre el siervo fiel que cumple su tarea sin esperar reconocimiento.
"Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos."
— Lucas 17:10
"Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor."
— Mateo 25:21
"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís."
— Colosenses 3:23-24
La canonización y su significado para América
La canonización de Juan Diego por Juan Pablo II en 2002 tuvo un profundo significado teológico y cultural. Al elevar a los altares al primer santo indígena de América, la Iglesia reconoció la santidad de los pueblos originarios y la legitimidad de una fe que se expresó desde el inicio en categorías culturales propias. Juan Pablo II, en su homilía de canonización, destacó que Juan Diego representaba la acogida del Evangelio por parte de los pueblos del Nuevo Mundo, no como imposición extranjera, sino como plenitud de sus anhelos más profundos. San Juan Diego nos recuerda que la santidad no es monopolio de una cultura, una raza o una clase social. Los santos surgen en todos los pueblos y en todas las épocas, porque la gracia de Dios no conoce fronteras. Su canonización también es un llamado a la Iglesia universal a valorar la diversidad cultural como riqueza y a reconocer que el Espíritu Santo actúa en todas las culturas preparando el terreno para la semilla del Evangelio.
"Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos."
— Apocalipsis 7:9
"Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús."
— Gálatas 3:28
"Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia."
— Hechos 10:34-35
Lecciones de San Juan Diego para hoy
La vida de San Juan Diego ofrece lecciones prácticas para el creyente contemporáneo. Primero, la humildad genuina: Juan Diego no se consideraba digno, pero obedeció. Segundo, la perseverancia: volvió al obispo una y otra vez a pesar del rechazo. Tercero, la confianza en la providencia: cuando su tío enfermó y todo parecía perderse, la Virgen le aseguró que no temiera. Cuarto, el servicio discreto: vivió sus últimos años sirviendo sin buscar protagonismo. Estas virtudes no son heroísmos inalcanzables; son actitudes cotidianas que cualquier persona puede cultivar. La santidad de Juan Diego no consistió en milagros espectaculares ni en grandes discursos teológicos, sino en decir «sí» a Dios cada día, en caminar con fidelidad aunque el camino fuera largo, y en confiar en que Dios puede hacer grandes cosas a través de quien se pone a su disposición con sencillez de corazón.
"Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad."
— Mateo 5:5
"Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas."
— Proverbios 3:5-6
"Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón."
— 1 Samuel 16:7