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    Padre Pío y sus estigmas: vida, milagros y legado

    San Pío de Pietrelcina, conocido universalmente como Padre Pío, fue un fraile capuchino italiano que durante cincuenta años llevó en su cuerpo las llagas de Cristo. Nacido en 1887 en un pequeño pueblo del sur de Italia, su vida fue un testimonio extraordinario de sufrimiento ofrecido por amor, de dones místicos al servicio de los demás y de una fe inquebrantable que atrajo a millones de personas. Canonizado por Juan Pablo II en 2002, Padre Pío sigue siendo una de las figuras espirituales más influyentes del catolicismo contemporáneo.

    La juventud de Francesco Forgione

    Francesco Forgione nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, un pueblo agrícola de la región de Campania, en el sur de Italia. Desde niño mostró una piedad inusual: pasaba horas en la iglesia, tenía visiones de Jesús y de la Virgen María, y experimentaba tentaciones intensas que él mismo describiría como luchas contra el demonio. A los quince años ingresó en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos y tomó el nombre de fray Pío. Su salud siempre fue frágil —sufría fiebres inexplicables, vómitos y debilidad extrema—, pero su determinación de seguir la vida religiosa nunca flaqueó. Los médicos no encontraban explicación para sus dolencias, que parecían tener un componente sobrenatural. La formación de Padre Pío fue rigurosa: estudios de filosofía y teología, vida de oración intensa, penitencias severas y una obediencia estricta a sus superiores. Fue ordenado sacerdote en 1910 y, tras varios traslados, se estableció definitivamente en el convento de San Giovanni Rotondo en 1916, donde permanecería el resto de su vida.

    "Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo."

    — Salmo 27:4

    "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes."

    — Efesios 6:12

    "Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte."

    — 2 Corintios 12:10

    Los estigmas: las llagas de Cristo

    El 20 de septiembre de 1918, mientras oraba ante un crucifijo en el coro de la iglesia, Padre Pío recibió los estigmas: llagas visibles y sangrantes en las manos, los pies y el costado, correspondientes a las cinco heridas de Cristo en la cruz. Estas llagas permanecieron abiertas durante cincuenta años, causándole un dolor constante y perdiendo diariamente una cantidad considerable de sangre. Los estigmas emitían un perfume de flores que muchos testigos describieron y que se asoció con la presencia de la gracia. La Iglesia sometió los estigmas a numerosos exámenes médicos. Los doctores constataron que las heridas no seguían el patrón de ninguna enfermedad conocida, que no se infectaban a pesar de estar expuestas, y que no respondían a ningún tratamiento. Padre Pío vivió los estigmas con una mezcla de sufrimiento y humildad: deseaba que desaparecieran las marcas visibles, pero aceptaba el dolor como participación en la Pasión de Cristo. El día de su muerte, el 23 de septiembre de 1968, las llagas desaparecieron sin dejar cicatriz.

    "De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús."

    — Gálatas 6:17

    "Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia."

    — Colosenses 1:24

    "A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte."

    — Filipenses 3:10

    Los dones espirituales del Padre Pío

    Además de los estigmas, Padre Pío manifestó otros dones extraordinarios que atrajeron a multitudes a San Giovanni Rotondo. Entre los más documentados se encuentran la bilocación —la capacidad de estar presente en dos lugares al mismo tiempo—, la lectura de conciencias —conocer los pecados de los penitentes antes de que los confesaran—, la profecía y el don de curación. El confesionario fue el centro de su ministerio. Padre Pío pasaba hasta dieciséis horas diarias confesando, con una fila de penitentes que podía extenderse durante semanas de espera. Sus confesiones eran directas, a veces severas, pero siempre orientadas a la conversión genuina. Rechazaba a quienes no mostraban arrepentimiento sincero y acogía con ternura a los verdaderamente contritos. Miles de personas testimoniaron que la confesión con Padre Pío cambió radicalmente sus vidas.

    "Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu."

    — 1 Corintios 12:7-10

    "A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos."

    — Juan 20:23

    "Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta."

    — Hebreos 4:13

    Sufrimiento, persecución y obediencia

    La vida de Padre Pío no fue solo dones y milagros; fue también una historia de sufrimiento interior y persecución eclesiástica. Durante años, el Santo Oficio restringió su ministerio público: se le prohibió celebrar misa en público, confesar y tener correspondencia. Padre Pío aceptó estas restricciones con una obediencia heroica, sin protestar ni apelar, confiando en que Dios aclararía las cosas a su tiempo. Y así fue: las restricciones fueron eventualmente levantadas y su ministerio floreció con mayor fuerza. Esta experiencia de persecución por parte de las propias autoridades eclesiásticas es una de las dimensiones más conmovedoras de su santidad. Padre Pío no se rebeló ni se amargó; ofreció el sufrimiento como parte de su participación en la cruz de Cristo. Su ejemplo enseña que la obediencia no es siempre fácil ni siempre comprensible, pero que la fidelidad a la voluntad de Dios, incluso cuando se manifiesta a través de decisiones humanas imperfectas, produce frutos de santidad.

    "Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas."

    — 1 Pedro 2:20-21

    "Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia."

    — Hebreos 5:8

    "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse."

    — Romanos 8:18

    El legado del Padre Pío: oración, caridad y fe

    Padre Pío murió el 23 de septiembre de 1968, a los 81 años. Su legado se manifiesta en múltiples dimensiones: los grupos de oración que fundó y que hoy cuentan con más de tres millones de miembros en todo el mundo; la Casa Sollievo della Sofferenza, un hospital moderno en San Giovanni Rotondo que construyó para los pobres del Gargano; y su ejemplo de vida espiritual centrada en la misa, el rosario y la confesión. Fue beatificado en 1999 y canonizado en 2002 por Juan Pablo II, quien lo conoció personalmente cuando era un joven sacerdote en 1948. Para el creyente de hoy, Padre Pío nos enseña que la santidad es posible en medio del sufrimiento, que los dones espirituales están al servicio de la comunidad y no del individuo, y que la oración constante es la fuente de toda fortaleza. Sus palabras más recordadas resumen su espiritualidad: «Ora, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración.»

    "Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús."

    — Filipenses 4:6-7

    "Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho."

    — Santiago 5:16

    "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día."

    — 2 Timoteo 4:7-8

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