Oración por la salud de un ser querido
Señor Jesús, que recorriste los caminos de Galilea sanando a todos los que a Ti acudían: hoy vengo a Ti con el peso de ver sufrir a quien amo. «Señor, el que amas está enfermo» (Jn 11:3) — como decían Marta y María. Tú conoces este dolor. Tú lo has visto. Pon tu mano sobre él/ella como la pusiste sobre tantos en el Evangelio. Que tu voluntad —que siempre es amor— se cumpla. Amén.
"¿Está alguno entre vosotros enfermo? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor."
— Santiago 5:14
La sanación en el Evangelio: ¿por qué Jesús sanaba?
Jesús no sanó para demostrar poderes. Sanó porque «se compadeció» (Mt 9:36; 14:14; 20:34). La compasión — en latín, cum-passio, «sufrir con» — es el motor de los milagros. Cada curación en el Evangelio es una ventana al corazón de Dios: un Dios que no es indiferente ante el sufrimiento humano. Mateo cita a Isaías para explicar las curaciones de Jesús: no son actos de poder sino cumplimiento de la misión del Siervo Sufriente que carga sobre sí el peso de la humanidad enferma.
"Él tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores."
— Isaías 53:4, citado en Mateo 8:17
El Salmo 22: oración desde el dolor extremo
El Salmo 22 comienza con el grito más desolado de la Biblia — las mismas palabras que Jesús pronunció en la Cruz (Mc 15:34). Y sin embargo, el salmo termina en alabanza y confianza. La enfermedad grave puede vivirse desde este salmo: comenzar en el grito honesto y terminar en la fe que ha pasado por el fuego.
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
— Salmo 22:1
Oración de sanación para uno mismo
Señor, estoy enfermo y no puedo curarme solo. Vengo como el ciego de Jericó: «¡Señor, que vea!» (Lc 18:41). Vengo como el leproso: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Mt 8:2). No pongo condiciones a tu respuesta. Sana mi cuerpo si es tu voluntad, y si no, sana mi alma para que lleve esta cruz contigo. Amén.