Dones del Espíritu poco conocidos

Los dones del Espíritu Santo son destrezas o habilidades sobrenaturales otorgadas por Dios a los seres humanos en su componente espiritual, con la finalidad de servir de ayuda o de intermediación para cumplir los propósitos del Creador. Se dice que todos somos poseedores de uno o de varios de esos dones, pero se debe estar en gracia de Dios para poder tener conocimiento de su posesión y poder y saber hacer uso de ellos.

Los dones son capacidades que en ningún momento pueden ser adquiridas o desarrolladas por las personas porque trascienden todo entendimiento humano y son, sencillamente, infundidos por Dios por medio del Espíritu Santo, quien por medio de los dones concedidos llega a guiar nuestra vida sobrenatural permitiéndonos realizar y tener conductas beneficiosas para la sanación de nuestro prójimo.

Se tiene conocimiento de la existencia de dones divinos a partir de Pentecostés, cuando se produjo la visita del Espíritu Santo a los apóstoles, siendo conocido y aceptado que la correcta conducta moral y espiritual del hombre está determinada por la tenencia o goce de dones espirituales, que trasmiten obediencia para acatar las órdenes del Espíritu Santo.

Algunas características sobre los dones del Espíritu

Quienes tienen la dicha e recibir algún don deben tener la suficiente humildad de comprender que por esa razón no son superiores a los demás; además, deben instruirse buscando en las Sagradas Escrituras información y orientación relativa a los alcances de dicho don. Se debe tener presente que cualquier don nunca está por encima de la Palabra de Dios por tanto nunca podrá sustituir a ésta.

Los dones no son otorgados a voluntad nuestra, ni se puede esperar que su concesión sea producto del azar. Para ser merecedor y hacer buen uso de un don, la persona debe prepararse para ello anhelando su concesión, tener mucha fe e instruirse en las enseñanzas de Jesús.

El Espíritu Santo siempre imparte dones, pero para que los mismos se desarrollen y se hagan eficientes no exige ninguna condición especial diferente a ser creyentes, tener fe y creer en la Palabra de Dios; es decir, los otorga a la persona sin tomar en cuenta su personalidad (Corintios 12: 31).

Los llamados dones principales

A pesar que existe una diversidad casi infinita de dones, se mencionan como dones más importantes nueve, posiblemente porque cada uno de ellos puede implicar a su vez diversas manifestaciones de otros dones. Los estudiosos de este tema han convenido en reunirlos en tres grandes categorías: los de revelación, los de inspiración y los de poder.

Los dones de revelación son la palabra de ciencia, la sabiduría y el discernimiento de espíritu. El don de profecía, el uso de lenguas y la interpretación de estas son los llamados dones de inspiración. Los dones de poder lo constituyen el de sanidad, de los milagros y el don de fe.

Dones poco conocidos

Hay una gran variedad de dones que comúnmente no son distinguidos como tal; sin embargo, son verdaderos dones que ejercen verdaderos beneficios espirituales y ayudan al acercamiento a Dios.

Entre estos dones menos destacados están los siguientes:

Don de servicio: Referido en Romanos 12: 7 y 15: 25- 27 y en Hechos 6:1, se trata de dar ayuda a quien la necesita, puede tratarse de ayuda material pero  esencialmente se trata de ofrecer ayuda espiritual en momentos de necesidad del auxilio divino.

Don de exhortación: Sirve para hacer uso de los fundamentos de la Palabra de Dios para remediar necesidades espirituales. Quien tiene este don es poseedor también facilidades de expresión.

Don de consejo: Este don tiene como objetivo clarificar la conciencia para resolver situaciones difíciles y de incertidumbre; sirve para neutralizar pensamientos destructivos que influyen negativamente en el comportamiento del ser humano

Don de enseñanza: Los mejores representantes de ser poseedores de este don son los propios discípulos de Jesús. Otorga la capacidad de hacer una interpretación exacta de las enseñanzas cristianas para conservarlas a través de los tiempos por medio de la fe (Timoteo 2: 2, 15).

Don de repartir: Es otorgado a personas sencillas y generosas que ante situaciones de necesidad material puedan ayudar sin avergonzar a quien recibe ayuda. Pero también quien posee este don tiene la responsabilidad de compartir las enseñanzas de Jesús entre sus semejantes para que las mismas se multipliquen y sean aceptadas por quienes las desconocen (Corintios 13:3; Romanos 12:8).

Don de fortaleza: Otorga la fortaleza necesaria para enfrentar todo lo que Dios nos exige y nos presenta aun cuando sean situaciones no agradables para el ser humano. A la vez permite trasmitir abundante fuerza espiritual a otros para que valientemente actúen según los designios de Dios y puedan enfrentar sabiamente las presiones internas negativas.

Don de presidir: Capacidad que el Espíritu Santo concede para ser puesto en práctica por personas que tienen carisma y poder de autoridad. Sirve para guiar a los semejantes y conducirlos por caminos acertados hacía la búsqueda de la verdad divina (Hechos 20:28).

Don de entendimiento o de inteligencia: A través de este don se logra la comprensión perfecta de la Palabra de Dios, llegando inclusive a desarrollar condiciones intuitivas. Permite poder trasmitir la verdad divina de la manera más adecuada para que sea entendida y aceptada por otros.

Don de Piedad: Por medio de este don siempre se adquiere la disposición de acatar la voluntad de Dios y otorga la posibilidad de actuar de forma semejante a como Jesús lo haría. Favorece las sensaciones de tolerancia, de comprensión y de perdón; mientras que contrarresta los de impaciencia, cólera y amargura.

Don de fe: Es una bendición directa, inmediata y momentánea que el Espíritu Santo infunde en el creyente, haciéndolo poseedor de una fe ferviente y fuerte y a través de ella puede Dios realizar milagros. Tiene la particularidad de ser un don no permanente, sino que se exterioriza al momento de aparecer una necesidad.

Don de misericordia: Es confundido con la práctica del amor por el prójimo y la realización de buenas obras; sin embargo, este don conlleva a darse por entero a otra persona que tiene un sufrimiento. A diferencia de otros dones, el de la misericordia exige a quien posee el don, entregarse totalmente a otro aun en perjuicio personal de quien lo ejerce. El mejor ejemplo de este don es la misericordia de Jesús hacia la humanidad cuando se hizo hombre para salvarnos, sufriendo y padeciendo enormemente, porque sabía que necesitábamos de su amor y misericordia.

Diferencia entre don y virtud

Se tiende a confundir los dones con la virtudes en razón a sus efectos prácticos, pero se debe tener presente que entre ambas existen diferencias fundamentales.

El don es un acto divino promovido según los designios divinos y que sólo se hacen presentes cuando el Espíritu Santo desea y considera necesario, concediéndole a quien se los otorga la facilidad para dejarse conducir por el Él.

La virtud obedece más al razonamiento del ser humano, lógicamente influenciado por la fe, por tanto se hace uso de ella cuando la persona lo desee. La virtud en si es imperfecta por el ingrediente humano que lleva implícito y en ocasiones se hace necesario combinarla con algún don para darles una connotación divina y pueda producir el efecto deseado.

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